Desde los orígenes del pensamiento griego ha llegado a nosotros el enigmático párrafo de Heráclito de Efeso: «... Mientras las cosas se componen y pasan, los hombres emplean palabras para explicarlas, con lo que se revelan tan insconscientes como si soñaran... Aquellos que se expresan con palabras se hacen fuertes con lo que es común a las cosas, al modo cómo la ciudad se hace fuerte con sus leyes. Pero todas las palabras y leyes humanas se nutren de la ley divina y una que impera por siempre.»En el capítulo 11 del Génesis encontramos otra famosa referencia al lenguaje como medio de confusión mental y de dispersión: «— No tenía entonces la tierra más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos. Y los hombres se dijeron: edifiquemos una ciudad y una torre cuya cumbre llegue hasta el cielo. Y descendió el Señor y dijo: He aquí que han empezado esta obra y no desistirán hasta llevarla a cabo: confundamos aquí mismo su lengua de modo que uno no entienda lo que habla el otro. Y así los esparció Dios por todas las tierras y cesaron de edificar la ciudad, de donde se dio a ésta el nombre de Babel o Confusión porque allá fue confundido el lenguaje de toda la tierra» (Gen. 11).
La misteriosa eficacia del lenguaje para la confusión de las almas y para la dispersión de los pueblos aparece en los orígenes no menos claramente que, como reverso, su necesidad para explicar la formación del pensamiento y de la comunicación humana.
Siempre se ha discutido sobre el origen del lenguaje y sobre su papel en la génesis del pensamiento y de la sociabilidad de los hombres. Tanto si se pretende un origen convencional para el lenguaje como si se le otorga un origen onomatopéyico, parece necesario un acuerdo verbal aparentemente inasequible sin la previa existencia del lenguaje mismo. En esta controversia —puramente especulativa puesto que faltan datos históricos— se llegó a sostener la necesidad de un primer lenguaje revelado por Dios para que se formase el entendimiento y la razón discursiva (Bonald). Coincide con esto el testimonio bíblico: Adán «hablaba» con Dios en el Paraíso de un modo natural. Y la armonía que allá reinaba y la posterior unidad del lenguaje le fueron arrebatadas al hombre, según la Sagrada Escritura, por vía de castigo, precisamente por pretender «hacerse como Dios» o por «querer alcanzar el cielo».
Siempre se ha discutido sobre el origen del lenguaje y sobre su papel en la génesis del pensamiento y de la sociabilidad de los hombres. Tanto si se pretende un origen convencional para el lenguaje como si se le otorga un origen onomatopéyico, parece necesario un acuerdo verbal aparentemente inasequible sin la previa existencia del lenguaje mismo. En esta controversia —puramente especulativa puesto que faltan datos históricos— se llegó a sostener la necesidad de un primer lenguaje revelado por Dios para que se formase el entendimiento y la razón discursiva (Bonald). Coincide con esto el testimonio bíblico: Adán «hablaba» con Dios en el Paraíso de un modo natural. Y la armonía que allá reinaba y la posterior unidad del lenguaje le fueron arrebatadas al hombre, según la Sagrada Escritura, por vía de castigo, precisamente por pretender «hacerse como Dios» o por «querer alcanzar el cielo».
También en la antigua Grecia los movimientos disolutorios del pensamiento y de la cultura se apoyaron en la corrosión o el mal uso del lenguaje. Sócrates lucha contra los sofistas, que sobreponen la elasticidad y la eficacia de las palabras a la verdad de las cosas y de los hechos: según ellos, para defender una causa ante el tribual de Atenas son más importantes las bellas y hábiles palabras que la verdad en el testimonio o la justicia de la demanda. Sócrates oponía a los sofistas la noción de la verdad como aleceía, descubrimiento de lo que realmente es. Más tarde, Pirrón y los escépticos declararían inasequible ese descubrimiento de la verdad hasta llegar a identificar la actitud del sabio con la epojé o suspensión de todo juicio, fuente para ellos de indiferencia y de paz interior. Y basarían su duda universal principalmente en la insuficiencia de las palabras para expresar la sutileza del pensamiento y en su consiguiente equivocidad.
Cambiar de lenguaje —se ha dicho— es cambiar de alma. Porque las palabras no son sólo vehículos para la expresión de realidades concretas o de ideas, sino que poseen un poder de reactivo sobre el espíritu, no ya en su mismo significado, a veces complejo y matizado, sino en la carga emocional que conllevan. Es la noción de idea-fuerza, ampliamente desarrollada por Alfredo Fouillée en su libro «Libertad y determinismo». De aquí que la filosofía medieval cristiana se esforzase sobre todo en la creación de un sistema de pensamiento o un orden de las ideas, el riguroso método escolástico. De aquí también que la modernidad, con el predominio del ensayismo asistemático, se haya mostrado pródiga en libros y doctrinas construidos enteramente sobre una palabra o un término, al que se ha dotado previamente de dimensiones, sentido y resonancias universales.
La lingüística contemporánea —la lingüística estructural sobre todo, desde Jacobson hasta Chomsky— no ha podido por menos de recaer sobre este tema por la vía del análisis semántico. Ese poder de preformación mental que posee el lenguaje ha sido destacado hasta su límite por la escuela estructura-lista actual. La observación es de Juan Milet: «Diríase que el sujeto, al utilizar una palabra, sufre una especie de fascinación ante ella: la absorbe pasivamente y recibe sin poder evitarlo los efectos psicológicos de la significación que le entrega. Su acción sobre el subconsciente es directa, profunda y estimulante. La palabra introduce por su sólo empleo esquemas de pensamiento que el sujeto adopta aun sin darse cuenta.»
La lingüística contemporánea —la lingüística estructural sobre todo, desde Jacobson hasta Chomsky— no ha podido por menos de recaer sobre este tema por la vía del análisis semántico. Ese poder de preformación mental que posee el lenguaje ha sido destacado hasta su límite por la escuela estructura-lista actual. La observación es de Juan Milet: «Diríase que el sujeto, al utilizar una palabra, sufre una especie de fascinación ante ella: la absorbe pasivamente y recibe sin poder evitarlo los efectos psicológicos de la significación que le entrega. Su acción sobre el subconsciente es directa, profunda y estimulante. La palabra introduce por su sólo empleo esquemas de pensamiento que el sujeto adopta aun sin darse cuenta.»
Es ya antiguo en la filosofía europea el intento de estudiar el pensamiento mediante su descomposición en elementos simples, y uno de los caminos de este análisis lo ha brindado siempre el lenguaje en sus elementos patentes: términos, palabras, fonemas, etc. Se trata en estos intentos de aplicar al mundo del espíritu el mismo método del que se valen con éxito las ciencias físico-matemáticas para estudiar el mundo material: buscar por análisis un primer elemento incambiable, homogéneo —la molécula, el átomo...— para hallar después las leyes matemáticas por las que esos elementos primigenios se componen o separan. Ya el empirismo de Locke pretendía encontrar esa especie de átomos del pensamiento en las sensaciones simples, y el asociacionismo psicológico perseguiría después la construcción de una dinámica atomística del proceso mental.
Dentro de esta misma escuela, fue Condillac quien primeramente pensó que esa búsqueda venía dada por el lenguaje, expresión del pensamiento. Desde él hasta la lingüística filosófica de Wittgestein, pasando por Maine de Biran y por la psicología cuantificada, se han realizado todos los intentos imaginables de ideología, es decir, de captación del pensamiento en sus unidades últimas. Fue Bergson quien mostró la inanidad última de tales esfuerzos. La consciencia no contiene unidades porque es pura evolución cualitativa: todos sus momentos son originales y forman, por acumulación y por huella, la irrepetibilidad de cada sujeto pensante.
Dentro de esta misma escuela, fue Condillac quien primeramente pensó que esa búsqueda venía dada por el lenguaje, expresión del pensamiento. Desde él hasta la lingüística filosófica de Wittgestein, pasando por Maine de Biran y por la psicología cuantificada, se han realizado todos los intentos imaginables de ideología, es decir, de captación del pensamiento en sus unidades últimas. Fue Bergson quien mostró la inanidad última de tales esfuerzos. La consciencia no contiene unidades porque es pura evolución cualitativa: todos sus momentos son originales y forman, por acumulación y por huella, la irrepetibilidad de cada sujeto pensante.
En nuestra época ha sido el filósofo Martín Heidegger quien ha restituido al misterioso tema del lenguaje su profundidad ontológica como Logos envolvente del espíritu humano, y aun en su sentido religioso como Verbo iluminando toda inteligencia. «¿En qué consiste —se pregunta Heidegger— ese último monólogo, esa suprema soledad —mundo sin voz pero con palabras—, en que consiste el pensamiento íntimo, en el que el habla de los mortales abraza su propia esencia?» Para responderse: «Ciertamente, en nada humano, a pesar de que en su seno el hombre se asoma como el ser que habla y escucha». «El lenguaje —concluye— es el medio original en cuyo interior sólo al hombre es posible corresponder al ser, a su interpelación y a su mensaje. El pensamiento es precisamente este corresponder a la llamada del ser» (Die Technik und die Kehre, 1962).
Quizá hoy más que nunca sea el hombre consciente de la influencia del lenguaje sobre el pensamiento y la personalidad, pero también más permeable a su influencia psicológica y en mayor grado víctima de ella. Es ese conocimiento precisamente la condición y el acicate para su empleo más a fondo, en mayor medida tecnificado. Aceptar un término para su empleo habitual es aceptar una idea, por más que el sujeto la rechace inicialmente en su plano intelectivo. La utilización de un código expresivo —un lenguaje— es ya de por sí abrirse a toda la carga de sentido y actitud que encierra como producto cultural. Las palabras adquieren en su seno un sentido que no tendrían aisladamente o en otro contexto mental. Pensemos, por ejemplo, en la palabra virtud y su derivado virtuoso. Es probable que su definición no haya cambiado para el diccionario respecto a lo que significó en la antigüedad y hasta años no lejanos. Para los antiguos estoicos, virtud era un término luminoso: adquirir la virtud era el término de la sabiduría y el objetivo último de la vida humana. En nuestra época debo decir que nunca oí emplear esa palabra más que un sentido irónico o jocoso. Llamar hoy a un hombre virtuoso (moralmente) es colmarle de ridículo. Cuando una palabra —o incluso una locución verbal— «se pone de moda» en el lenguaje habitual, lo hace generalmente con un sentido diferente o con unas implicaciones nuevas.
Quizá hoy más que nunca sea el hombre consciente de la influencia del lenguaje sobre el pensamiento y la personalidad, pero también más permeable a su influencia psicológica y en mayor grado víctima de ella. Es ese conocimiento precisamente la condición y el acicate para su empleo más a fondo, en mayor medida tecnificado. Aceptar un término para su empleo habitual es aceptar una idea, por más que el sujeto la rechace inicialmente en su plano intelectivo. La utilización de un código expresivo —un lenguaje— es ya de por sí abrirse a toda la carga de sentido y actitud que encierra como producto cultural. Las palabras adquieren en su seno un sentido que no tendrían aisladamente o en otro contexto mental. Pensemos, por ejemplo, en la palabra virtud y su derivado virtuoso. Es probable que su definición no haya cambiado para el diccionario respecto a lo que significó en la antigüedad y hasta años no lejanos. Para los antiguos estoicos, virtud era un término luminoso: adquirir la virtud era el término de la sabiduría y el objetivo último de la vida humana. En nuestra época debo decir que nunca oí emplear esa palabra más que un sentido irónico o jocoso. Llamar hoy a un hombre virtuoso (moralmente) es colmarle de ridículo. Cuando una palabra —o incluso una locución verbal— «se pone de moda» en el lenguaje habitual, lo hace generalmente con un sentido diferente o con unas implicaciones nuevas.
La utilización metódica del lenguaje como medio de manipulación mental ha correspondido —y corresponde— al marxismo. En parte por una necesidad expresiva de la propia mentalidad dialéctica del hegelianismo marxista, que no se aviene con el lenguaje ordinario basado en el principio identitario del ser. El mismo sistema trasmuta los términos para su adecuada expresión, y el posterior empleo de ese lenguaje inunda de ambigüedades al lenguaje con un sentido proclive a su dialectización.
Pocas personas saben que Stalin se interesó vivamente por la lingüística, y aun llegó a ser lingüista destacado. Y no por una afición marginal, sino por el propio genio de la revolución. Esta vía de influencia mental es tan real y profunda, que ha podido decirse que quien posea el arte de manejar las palabras poseerá la de manejar los espíritu. Su influencia será cada vez mayor a medida que las generaciones nazcan ya en el seno de un lenguaje manipulado y «dialectizado». Las mutaciones semánticas dirigidas han hecho posible que, sin cambiar aparentemente de idioma, sea hoy posible hablar de un lenguaje marxista». Quien, por ejemplo, dice o escribe: «el proceso actual de concienciación determinará, tras una crisis de crecimiento, reformas estructurales de carácter irreversible y altamente positivo», emplea palabras con sentido y connotaciones distintos a las que tendrían aisladamente o en otro contexto, y está sometiendo su espíritu a una marxistización inconsciente. A menudo no se habla así o de parecida manera porque se sea marxista, sino que se llega a profesar el marxismo porque se habla así.
El marxismo actual, contrariando su base materialista, ha llegado a reconocer tácitamente la preeminencia de la religión para la transformación de las mentes, y ha otorgado prioridad en este método de trasmutación semántica al lenguaje religioso sobre el lenguaje normal de intencionalidad económico-laboral. Lex orandi, lex credendi, decía una vieja sentencia. Según ella, lo que hoy cree un católico ha de diferir por completo de lo que siempre fue objeto de su fe. Porque casi todos los términos que emplean hoy los nuevos teólogos y que comunican por reiteración litúrgica al alto y bajo clero poseen un sentido distinto del que tenían. Piénsese en el sentido «progresista» de las palabras: encarnación, redención (liberación), comunidad, pastoral, eucaristía, sacrálización, libertad, pecado, secularización, laicismo, etc.
Se trata para este designio de cambiar las almas mismas, pero a partir de su auténtico cimiento que es la religión; es decir, de trastocar el «lugar de las almas», aquel medio en el que se nutren y vivifican.
Pocas personas saben que Stalin se interesó vivamente por la lingüística, y aun llegó a ser lingüista destacado. Y no por una afición marginal, sino por el propio genio de la revolución. Esta vía de influencia mental es tan real y profunda, que ha podido decirse que quien posea el arte de manejar las palabras poseerá la de manejar los espíritu. Su influencia será cada vez mayor a medida que las generaciones nazcan ya en el seno de un lenguaje manipulado y «dialectizado». Las mutaciones semánticas dirigidas han hecho posible que, sin cambiar aparentemente de idioma, sea hoy posible hablar de un lenguaje marxista». Quien, por ejemplo, dice o escribe: «el proceso actual de concienciación determinará, tras una crisis de crecimiento, reformas estructurales de carácter irreversible y altamente positivo», emplea palabras con sentido y connotaciones distintos a las que tendrían aisladamente o en otro contexto, y está sometiendo su espíritu a una marxistización inconsciente. A menudo no se habla así o de parecida manera porque se sea marxista, sino que se llega a profesar el marxismo porque se habla así.
El marxismo actual, contrariando su base materialista, ha llegado a reconocer tácitamente la preeminencia de la religión para la transformación de las mentes, y ha otorgado prioridad en este método de trasmutación semántica al lenguaje religioso sobre el lenguaje normal de intencionalidad económico-laboral. Lex orandi, lex credendi, decía una vieja sentencia. Según ella, lo que hoy cree un católico ha de diferir por completo de lo que siempre fue objeto de su fe. Porque casi todos los términos que emplean hoy los nuevos teólogos y que comunican por reiteración litúrgica al alto y bajo clero poseen un sentido distinto del que tenían. Piénsese en el sentido «progresista» de las palabras: encarnación, redención (liberación), comunidad, pastoral, eucaristía, sacrálización, libertad, pecado, secularización, laicismo, etc.
Se trata para este designio de cambiar las almas mismas, pero a partir de su auténtico cimiento que es la religión; es decir, de trastocar el «lugar de las almas», aquel medio en el que se nutren y vivifican.
Rafael Gambra, "El lenguaje y los mitos", Capítulo 1
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