miércoles, 11 de febrero de 2009

EL LENGUAJE Y EL PENSAMIENTO

Desde los orígenes del pensamiento griego ha llegado a nosotros el enigmático párrafo de Heráclito de Efeso: «... Mientras las cosas se componen y pasan, los hombres emplean palabras para expli­carlas, con lo que se revelan tan insconscientes como si soñaran... Aquellos que se expresan con palabras se hacen fuertes con lo que es común a las cosas, al modo cómo la ciudad se hace fuerte con sus le­yes. Pero todas las palabras y leyes humanas se nu­tren de la ley divina y una que impera por siempre.»
En el capítulo 11 del Génesis encontramos otra famosa referencia al lenguaje como medio de con­fusión mental y de dispersión: «— No tenía en­tonces la tierra más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos. Y los hombres se dijeron: edifi­quemos una ciudad y una torre cuya cumbre llegue hasta el cielo. Y descendió el Señor y dijo: He aquí que han empezado esta obra y no desistirán hasta llevarla a cabo: confundamos aquí mismo su lengua de modo que uno no entienda lo que habla el otro. Y así los esparció Dios por todas las tierras y cesaron de edificar la ciudad, de donde se dio a ésta el nombre de Babel o Confusión porque allá fue confundido el lenguaje de toda la tierra» (Gen. 11).
La misteriosa eficacia del lenguaje para la con­fusión de las almas y para la dispersión de los pue­blos aparece en los orígenes no menos claramente que, como reverso, su necesidad para explicar la for­mación del pensamiento y de la comunicación hu­mana.
Siempre se ha discutido sobre el origen del len­guaje y sobre su papel en la génesis del pensamien­to y de la sociabilidad de los hombres. Tanto si se pretende un origen convencional para el lenguaje como si se le otorga un origen onomatopéyico, pare­ce necesario un acuerdo verbal aparentemente inase­quible sin la previa existencia del lenguaje mismo. En esta controversia —puramente especulativa pues­to que faltan datos históricos— se llegó a sostener la necesidad de un primer lenguaje revelado por Dios para que se formase el entendimiento y la razón discursiva (Bonald). Coincide con esto el testimonio bíblico: Adán «hablaba» con Dios en el Paraíso de un modo natural. Y la armonía que allá reinaba y la posterior unidad del lenguaje le fueron arreba­tadas al hombre, según la Sagrada Escritura, por vía de castigo, precisamente por pretender «hacerse como Dios» o por «querer alcanzar el cielo».
También en la antigua Grecia los movimientos disolutorios del pensamiento y de la cultura se apo­yaron en la corrosión o el mal uso del lenguaje. Só­crates lucha contra los sofistas, que sobreponen la elasticidad y la eficacia de las palabras a la verdad de las cosas y de los hechos: según ellos, para de­fender una causa ante el tribual de Atenas son más importantes las bellas y hábiles palabras que la ver­dad en el testimonio o la justicia de la demanda. Sócrates oponía a los sofistas la noción de la ver­dad como aleceía, descubrimiento de lo que realmen­te es. Más tarde, Pirrón y los escépticos declararían inasequible ese descubrimiento de la verdad hasta llegar a identificar la actitud del sabio con la epojé o suspensión de todo juicio, fuente para ellos de in­diferencia y de paz interior. Y basarían su duda uni­versal principalmente en la insuficiencia de las pa­labras para expresar la sutileza del pensamiento y en su consiguiente equivocidad.
Cambiar de lenguaje —se ha dicho— es cambiar de alma. Porque las palabras no son sólo vehículos para la expresión de realidades concretas o de ideas, sino que poseen un poder de reactivo sobre el espí­ritu, no ya en su mismo significado, a veces com­plejo y matizado, sino en la carga emocional que conllevan. Es la noción de idea-fuerza, ampliamente desarrollada por Alfredo Fouillée en su libro «Liber­tad y determinismo». De aquí que la filosofía me­dieval cristiana se esforzase sobre todo en la crea­ción de un sistema de pensamiento o un orden de las ideas, el riguroso método escolástico. De aquí también que la modernidad, con el predominio del ensayismo asistemático, se haya mostrado pródiga en libros y doctrinas construidos enteramente sobre una palabra o un término, al que se ha dotado pre­viamente de dimensiones, sentido y resonancias uni­versales.
La lingüística contemporánea —la lingüística es­tructural sobre todo, desde Jacobson hasta Chomsky— no ha podido por menos de recaer sobre este tema por la vía del análisis semántico. Ese poder de preformación mental que posee el lenguaje ha sido destacado hasta su límite por la escuela estructura-lista actual. La observación es de Juan Milet: «Diría­se que el sujeto, al utilizar una palabra, sufre una especie de fascinación ante ella: la absorbe pasiva­mente y recibe sin poder evitarlo los efectos psico­lógicos de la significación que le entrega. Su acción sobre el subconsciente es directa, profunda y estimulante. La palabra introduce por su sólo empleo es­quemas de pensamiento que el sujeto adopta aun sin darse cuenta.»
Es ya antiguo en la filosofía europea el intento de estudiar el pensamiento mediante su descompo­sición en elementos simples, y uno de los caminos de este análisis lo ha brindado siempre el lenguaje en sus elementos patentes: términos, palabras, fo­nemas, etc. Se trata en estos intentos de aplicar al mundo del espíritu el mismo método del que se va­len con éxito las ciencias físico-matemáticas para estudiar el mundo material: buscar por análisis un primer elemento incambiable, homogéneo —la mo­lécula, el átomo...— para hallar después las leyes matemáticas por las que esos elementos primigenios se componen o separan. Ya el empirismo de Locke pretendía encontrar esa especie de átomos del pensamiento en las sensaciones simples, y el asociacionismo psicológico perseguiría después la construc­ción de una dinámica atomística del proceso mental.
Dentro de esta misma escuela, fue Condillac quien primeramente pensó que esa búsqueda venía dada por el lenguaje, expresión del pensamiento. Desde él hasta la lingüística filosófica de Wittgestein, pa­sando por Maine de Biran y por la psicología cuantificada, se han realizado todos los intentos imagina­bles de ideología, es decir, de captación del pensa­miento en sus unidades últimas. Fue Bergson quien mostró la inanidad última de tales esfuerzos. La consciencia no contiene unidades porque es pura evo­lución cualitativa: todos sus momentos son origina­les y forman, por acumulación y por huella, la irrepetibilidad de cada sujeto pensante.
En nuestra época ha sido el filósofo Martín Heidegger quien ha restituido al misterioso tema del lenguaje su profundidad ontológica como Logos en­volvente del espíritu humano, y aun en su sentido religioso como Verbo iluminando toda inteligencia. «¿En qué consiste —se pregunta Heidegger— ese último monólogo, esa suprema soledad —mundo sin voz pero con palabras—, en que consiste el pensa­miento íntimo, en el que el habla de los mortales abraza su propia esencia?» Para responderse: «Cier­tamente, en nada humano, a pesar de que en su seno el hombre se asoma como el ser que habla y escucha». «El lenguaje —concluye— es el medio original en cuyo interior sólo al hombre es posible corres­ponder al ser, a su interpelación y a su mensaje. El pensamiento es precisamente este corresponder a la llamada del ser» (Die Technik und die Kehre, 1962).
Quizá hoy más que nunca sea el hombre cons­ciente de la influencia del lenguaje sobre el pensa­miento y la personalidad, pero también más permea­ble a su influencia psicológica y en mayor grado víc­tima de ella. Es ese conocimiento precisamente la condición y el acicate para su empleo más a fondo, en mayor medida tecnificado. Aceptar un término para su empleo habitual es aceptar una idea, por más que el sujeto la rechace inicialmente en su pla­no intelectivo. La utilización de un código expresi­vo —un lenguaje— es ya de por sí abrirse a toda la carga de sentido y actitud que encierra como pro­ducto cultural. Las palabras adquieren en su seno un sentido que no tendrían aisladamente o en otro contexto mental. Pensemos, por ejemplo, en la pa­labra virtud y su derivado virtuoso. Es probable que su definición no haya cambiado para el diccionario respecto a lo que significó en la antigüedad y hasta años no lejanos. Para los antiguos estoicos, virtud era un término luminoso: adquirir la virtud era el término de la sabiduría y el objetivo último de la vida humana. En nuestra época debo decir que nun­ca oí emplear esa palabra más que un sentido iró­nico o jocoso. Llamar hoy a un hombre virtuoso (moralmente) es colmarle de ridículo. Cuando una palabra —o incluso una locución verbal— «se pone de moda» en el lenguaje habitual, lo hace general­mente con un sentido diferente o con unas implica­ciones nuevas.
La utilización metódica del lenguaje como medio de manipulación mental ha correspondido —y corresponde— al marxismo. En parte por una necesidad expresiva de la propia mentalidad dialéctica del hegelianismo marxista, que no se aviene con el len­guaje ordinario basado en el principio identitario del ser. El mismo sistema trasmuta los términos para su adecuada expresión, y el posterior empleo de ese lenguaje inunda de ambigüedades al lenguaje con un sentido proclive a su dialectización.
Pocas personas saben que Stalin se interesó viva­mente por la lingüística, y aun llegó a ser lingüista destacado. Y no por una afición marginal, sino por el propio genio de la revolución. Esta vía de influen­cia mental es tan real y profunda, que ha podido de­cirse que quien posea el arte de manejar las pala­bras poseerá la de manejar los espíritu. Su influen­cia será cada vez mayor a medida que las generacio­nes nazcan ya en el seno de un lenguaje manipulado y «dialectizado». Las mutaciones semánticas dirigidas han hecho posible que, sin cambiar aparentemente de idioma, sea hoy posible hablar de un lenguaje marxista». Quien, por ejemplo, dice o escribe: «el proceso actual de concienciación determinará, tras una crisis de crecimiento, reformas estructurales de carácter irreversible y altamente positivo», emplea palabras con sentido y connotaciones distintos a las que tendrían aisladamente o en otro contexto, y está sometiendo su espíritu a una marxistización inconsciente. A menudo no se habla así o de pare­cida manera porque se sea marxista, sino que se llega a profesar el marxismo porque se habla así.
El marxismo actual, contrariando su base mate­rialista, ha llegado a reconocer tácitamente la pree­minencia de la religión para la transformación de las mentes, y ha otorgado prioridad en este método de trasmutación semántica al lenguaje religioso so­bre el lenguaje normal de intencionalidad econó­mico-laboral. Lex orandi, lex credendi, decía una vie­ja sentencia. Según ella, lo que hoy cree un católico ha de diferir por completo de lo que siempre fue objeto de su fe. Porque casi todos los términos que emplean hoy los nuevos teólogos y que comunican por reiteración litúrgica al alto y bajo clero poseen un sentido distinto del que tenían. Piénsese en el sentido «progresista» de las palabras: encarnación, redención (liberación), comunidad, pastoral, eucaris­tía, sacrálización, libertad, pecado, secularización, laicismo, etc.
Se trata para este designio de cambiar las almas mismas, pero a partir de su auténtico cimiento que es la religión; es decir, de trastocar el «lugar de las almas», aquel medio en el que se nutren y vivifican.
Rafael Gambra, "El lenguaje y los mitos", Capítulo 1

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