viernes, 11 de septiembre de 2009

Escolios de Nicolás Gómez Dávila

Limitado a su sola vida, el individuo actual ignora esa prolongación de su personalidad en el espacio y en el tiempo que provenía de su pertenencia a una familia cuyos distintos eslabones se ligaban entre sí por medio de la identidad continua de una tierra patrimonial poseída durante largos siglos.
En nuestro tiempo el individuo nace más solo y muere totalmente. (T. I, p. 240)

martes, 8 de septiembre de 2009

Escolios de Nicolás Gómez Dávila

Ley no es lo que un acto de la voluntad decreta, sino lo que la inteligencia descubre. (T. I, p. 235)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Escolios de Nicolás Gómez Dávila

Solo la quietud y la rutina nos entregan la pulpa de las cosas, de las esencias, de los seres. (T. I, p. 153)

viernes, 4 de septiembre de 2009

Escolios de Nicolás Gómez Dávila

El creyente sabe cómo se duda, el incrédulo no sabe cómo se cree. (T. I, p. 241)

jueves, 27 de agosto de 2009

Escolios de Nicolás Gómez Dávila

Su nueva estupidez le permite a cada época burlarse de las estupideces precedentes. (T. I, p. 274)

lunes, 24 de agosto de 2009

IDEOLOGÍA Y POLÍTICA

El Poder Político
A partir de Maquiavelo la política abandona su situación epistemológica en las ciencias prácticas —en el sentido propuesto por el pensamiento clásico y tradicional— y se convierte en una suerte de técnica cuyo propósito fundamental es lograr, conservar y explicar el poder en el sentido político del término. Por poco que hayamos meditado en la naturaleza de la ideología habremos comprendido que la orientación del espíritu moderno tiende inevitablemente a una construcción intelectual de esa especie en cuanto se dedica a pensar seriamente sobre el Estado.

¿Tuvo Maquiavelo una idea más o menos clara de lo que podía llegar a ser la ideología? Si buscamos en sus escritos la palabra o el desarrollo elaborado de una propuesta ideológica, no descubriremos nada; pero si observamos con alguna atención la idea del hombre propuesta por el sagaz secretario de la República de Florencia notaremos dos cosas que, a su debido tiempo, ingresarán como elementos necesarios en la realización de un plan ideológico. En primer lugar, una reducción de la naturaleza humana a sus motivaciones más simples y genéricas; en segundo lugar, un empleo sistemático del terror como recurso indispensable para que esa reducción se produzca de manera efectiva.
No podemos olvidar que Maquiavelo escribía para un príncipe, o para quien se sentía en condiciones de llegar a serlo, como probablemente le sucedía a él mismo. Hobbes, a su debido tiempo, construyó una explicación del universo con todos los atractivos de una ideología, porque a través de ella buscaba un adecuado modelo de gobierno que, trabajando sobre el temor y la inseguridad, fuera capaz de producir en los miembros de la nación inglesa la cohesión necesaria para evitar las duras contingencias de la guerra civil.
Tanto el florentino como el inglés ignoraban la necesidad de presentar esas ideas a las masas para que ellas participaran activamente en su realización. Vivían en sendos pueblos tradicionales, donde el poder era ejercido por los notables, y sólo en situacionesmuy particulares intervenía el común de los ciudadanos libres. En verdad, la primera expresión relativamente extensa de la ideología —el liberalismo— más que a las masas tuvo por destinatario al librepensador, al burgués liberado, al hombre de cabeza fuerte capaz de labrar su destino fuera de los marcos comunitarios de la sociedad tradicional.

Si admitimos la connivencia y, aun más, la concurrencia sinérgica del poder y la ideología, descubriremos que el primer paso de su colaboración vital está dirigido a la destrucción de esos cuadros orgánicos tradicionales, para poder trabajar a sus anchas con un hombre totalmente liberado de las defensas creadas en una sociedad por una larga convivencia histórica: familias, corporaciones, regiones, nobleza, monarquía e Iglesia. En ese primer encuentro de la revolución ideológica contra el Antiguo Régimen, los hombres que se sentían liberados de todas esas presiones sociales buscaron con denuedo liberar también a los otros, con el deseo aparente de hacerles gozar los beneficios de esa libertad tan duramente conquistada. En el fondo del corazón sabían perfectamente que de este modo los entregaban desarmados en manos de aquellos que, para explotarlos, sabrían aprovechar sin escrúpulos la ausencia de organizaciones protectoras.

Se ha dicho hasta la saciedad, pero nunca es totalmente superfluo volver a repetirlo, que los esquemas explicativos suelen ser enemigos acérrimos de una buena comprensión de la realidad en su vasta complejidad fenoménica. Terminan por imponerse a la atención del estudioso, y desde ese preciso momento este último busca en la realidad lo que confirma su esquema, desdeñando todo cuanto puede oponérsele. Es una forma cómoda de entender, que acaricia la veta racionalista de nuestro entendimiento y nos ahorra el fatigoso camino de las dudas. De cualquier manera explicar es siempre usar un esquema, y por mucho que advirtamos las dificultades de los problemas históricos, no podremos evitar una cierta simplificación en cuanto emprendemos la faena de interpretarlos. Tantas veces como hemos tratado de dar cuenta y razón de la formación de la mentalidad moderna ha salido a nuestro encuentro algo que se nos impone con la fuerza de una causa principal. Esto es, la imposición de una preferencia valorativa en la conducción de los asuntos humanos debida a la acción predominante de ese hombre al que, por comodidad y para seguir la corriente de la tipificación, hemos llamado el burgués, cargando el acento en su índole economicista.
Sin entrar en las dificultades —largamente debatidas— con respecto al origen del espíritu capitalista y conociendo, sin pretensiones de especialista, que en materia de finanzas y contabilidad los florentinos dieron sus primeras lecciones a todo el mundo occidental, sabemos también que la reforma protestante vino como anillo al dedo para provocar la existencia de estos hombres fuertes, individualistas y desligados de toda imposición o atadura social. Estas sólidas cabezas, que solamente hanno perduto il ben dell’intelletto, confirmaron sus condiciones en el ejercicio solitario de la dura faena de hacer fortuna. En estos menesteres descubrieron también los inconvenientes de esos poderes personales constituidos por la nobleza y las monarquías, que mantenían al frente de los reinos una política de tradiciones, pactos familiares y liberalidad cortesana, en oposición a los principios de la economía lucrativa, mucho más interesada en producir riquezas que honores. Este nuevo hombre, en cuanto vio la posibilidad de alcanzar el poder político, tuvo que verla en términos liberales. Es decir, en términos que excluyeran como deficiencias obsoletas el sistema de los pactos personales fundados en la fidelidad y la lealtad, cambiándolo por otro basado en el equilibrio de los intereses económicos.
El burgués liberal es un individualista, y todo aquello que tiende —por naturaleza— a controlar y limitar su libertad de expansión económica es visto como una cortapisa y un impedimento para el desarrollo de los bienes materiales. Aspira a un dominio de la naturaleza que junto con el enriquecimiento traiga prosperidad y bienestar para todos. Aunque esta segunda parte del plan quedara un poco postergada por las deficiencias inherentes al poco ánimo de la gente en general, se debía luchar contra la inercia de costumbres anacrónicas pensadas en el contexto de otra sociedad: había que terminar con la ética del Calvario, propuesta para una finalidad salvífica de la vida humana que no tenía nada que ver con la conquista de la tierra.

La ideología —en este primer momento de su formación— responde inevitablemente a las exigencias temperamentales de un burgués individualista y fuerte, que reclama el plato del león en el banquete de la vida. Desgraciadamente cuando se vio en la necesidad de lanzar las masa contra las murallas y casamatas del Antiguo Régimen tuvo que prometerles, en términos de bienestar y “confort” individuales, posibilidades que no era fácil conseguir para todos. Por esa razón, al final de sus operaciones revolucionarias nace en las masas proletarias la sensación de no haber sido satisfechas en sus aspiraciones y de haber quedado definitivamente postergadas en las dulces francachelas prometidas. Mirabeau, que conocía muy bien el tenor de las promesas hechas a las “patotas”, reconoció que se había prometido más de lo que se podía dar.
Conviene reflexionar también que las llamadas masas proletarias son, efectivamente, masas, porque fueron previamente despojadas de sus cuadros y protecciones tradicionales y quedaron reducidas al ejercicio de una libertad que resultó, más que difícil, ilusoria.

La noción tradicional de pueblo, en el caso de nuestra civilización es imposible entenderla sin el adjetivo cristiano, que señala precisamente el vínculo sagrado que da fundamento espiritual y valor al orden social. El término pueblo adquiere, en el sistema interpretativo del liberalismo burgués, un nuevo contenido significativo. Ya no se tratadel pueblo cristiano sino de aquel grupo de personas que contribuyen a la organización política de un país mediante el pago de impuestos.
Si se trata de usar a los no contribuyentes para que colaboren en el ataque a las torres, se puede ejercer un cierto control sobre ellos manejando con prudencia a los agitadores profesionales y apelando, en circunstancias más difíciles, al soborno y al garrote. Este último medio de persuasión resulta peligroso por dos razones: porque crea un resentimiento, que puede llegar al estallido, o porque forja la posibilidad de una nueva clase dirigente que comienza a medir sus aptitudes de acuerdo a un nuevo patrón, distinto al de la sociedad burguesa. Cuando el estallido es contenido por los convencionales medios policiales y represivos, la burguesía puede seguir su camino con toda felicidad, pero si nace una generación que se siente convocada a organizar la vida del Estado por encima de los intereses del dinero, nos encontramos frente a la tentación que las costumbres semánticas de nuestro tiempo han llamado fascista.
Medido con la vara del sistema burgués el socialismo marxista constituye una variedad particularmente poco exitosa de su propia concepción del mundo, mientras el fascismo —con sus marcadas diferencias nacionales— es el enemigo por antonomasia, aquel que contraría en su raíz el hedonismo fundamental de la burguesía y sueña con devolver al hombre algunas de aquellas solidaridades naturales que la revolución destruyó.

El papel de la ideología es formar al hombre masa, dotándolo con una explicación del universo que favorezca el desborde de sus apetencias genéricas: hambre, sexo, poder, ostentación y, al mismo tiempo, búsqueda de la seguridad. Todo esto tiene que crecer en un ámbito de apariencia libre, pero efectivamente controlado por aquellos medios técnicos que sirven para condicionar las mentes y movilizar los impulsos.
Los que observan las desventuras del pueblo ruso sometido al manejo discrecional del Partido Comunista ven su marcado contraste con la sociedad que ellos denominan libre. Sería absurdo negar la existencia de una contradicción fundamental entre una y otra forma de gobierno, pero si se examina el fondo de la espiritualidad que ha dado nacimiento a ambas sociedades, se advertirá la presencia de principios ideológicos comunes y de una intención de dominio por parte de la minoría dirigente, que es mucho más parecida de lo que uno quiere creer.

Cuando Bertrand de Jouvenel escribió sobre la dialéctica del poder vio a este como una suerte de entelequia que crecía en detrimento de las asociaciones intermedias, pero como si estuviera movido por una fuerza autónoma, propia, muy difícil de señalar ante los ojos del observador, y que se comportaba, en todo instante, como un ente de razón al margen de cualquier control o influencia con nombre y apellido determinado. Acepto muchas de las conclusiones de este agudo observador de los hechos históricos, pero considero que para comprender el ejercicio del poder político y su crecimiento desmesurado a partir de la edad moderna, se debe buscar la explicación en los criterios espirituales de los hombres que han prefijado su crecimiento hipertrófico. ¿La dialéctica del poder? Magnífico, pero ¿a quien favoreció esa dialéctica y quienes estuvieron interesados en hacerla funcionar a expensas de toda esa delicada red de comunidades?
Es probable que el propósito consciente de la burguesía, en la medida en que asumió la dirección del orden público, no fue cargar sobre sus hombros un poder que con el correr del tiempo terminaría pesando sobre sus propios negocios. Pero como debilitó la Iglesia, destruyó la monarquía, convirtió a la nobleza en un lujo insoportable y absurdo, destruyó los organismos defensivos de las clases populares, no tuvo más remedio que aumentar las prerrogativas del Estado para conservar en la sociedad un orden que favoreciera los negocios y diera al comercio internacional el apoyo de sus fuerzas militares y financieras.
Este poder es siempre una amenaza por la fuerza, la coherencia y la extensión de sus intromisiones. La ideología, tanto en su faz liberal y democrática como en su faz socialista y totalitaria, enseña su condición instrumental y procura usarlo para sus fines propios y evitar que ciertas formas jerárquicas de esa organización —como el ejército— impongan al resto de la sociedad un orden noble. Las democracias libres mantienen sus ejércitos, pero al mismo tiempo sostienen una propaganda anti-militar para desacreditar sus fuerzas y reducirlo a los límites de una suerte de policía internacional. Es fácil advertir el rasgo casi suicida de esta política.

Rubén Calderón Bouchet

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL LENGUAJE Y EL PENSAMIENTO

Desde los orígenes del pensamiento griego ha llegado a nosotros el enigmático párrafo de Heráclito de Efeso: «... Mientras las cosas se componen y pasan, los hombres emplean palabras para expli­carlas, con lo que se revelan tan insconscientes como si soñaran... Aquellos que se expresan con palabras se hacen fuertes con lo que es común a las cosas, al modo cómo la ciudad se hace fuerte con sus le­yes. Pero todas las palabras y leyes humanas se nu­tren de la ley divina y una que impera por siempre.»
En el capítulo 11 del Génesis encontramos otra famosa referencia al lenguaje como medio de con­fusión mental y de dispersión: «— No tenía en­tonces la tierra más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos. Y los hombres se dijeron: edifi­quemos una ciudad y una torre cuya cumbre llegue hasta el cielo. Y descendió el Señor y dijo: He aquí que han empezado esta obra y no desistirán hasta llevarla a cabo: confundamos aquí mismo su lengua de modo que uno no entienda lo que habla el otro. Y así los esparció Dios por todas las tierras y cesaron de edificar la ciudad, de donde se dio a ésta el nombre de Babel o Confusión porque allá fue confundido el lenguaje de toda la tierra» (Gen. 11).
La misteriosa eficacia del lenguaje para la con­fusión de las almas y para la dispersión de los pue­blos aparece en los orígenes no menos claramente que, como reverso, su necesidad para explicar la for­mación del pensamiento y de la comunicación hu­mana.
Siempre se ha discutido sobre el origen del len­guaje y sobre su papel en la génesis del pensamien­to y de la sociabilidad de los hombres. Tanto si se pretende un origen convencional para el lenguaje como si se le otorga un origen onomatopéyico, pare­ce necesario un acuerdo verbal aparentemente inase­quible sin la previa existencia del lenguaje mismo. En esta controversia —puramente especulativa pues­to que faltan datos históricos— se llegó a sostener la necesidad de un primer lenguaje revelado por Dios para que se formase el entendimiento y la razón discursiva (Bonald). Coincide con esto el testimonio bíblico: Adán «hablaba» con Dios en el Paraíso de un modo natural. Y la armonía que allá reinaba y la posterior unidad del lenguaje le fueron arreba­tadas al hombre, según la Sagrada Escritura, por vía de castigo, precisamente por pretender «hacerse como Dios» o por «querer alcanzar el cielo».
También en la antigua Grecia los movimientos disolutorios del pensamiento y de la cultura se apo­yaron en la corrosión o el mal uso del lenguaje. Só­crates lucha contra los sofistas, que sobreponen la elasticidad y la eficacia de las palabras a la verdad de las cosas y de los hechos: según ellos, para de­fender una causa ante el tribual de Atenas son más importantes las bellas y hábiles palabras que la ver­dad en el testimonio o la justicia de la demanda. Sócrates oponía a los sofistas la noción de la ver­dad como aleceía, descubrimiento de lo que realmen­te es. Más tarde, Pirrón y los escépticos declararían inasequible ese descubrimiento de la verdad hasta llegar a identificar la actitud del sabio con la epojé o suspensión de todo juicio, fuente para ellos de in­diferencia y de paz interior. Y basarían su duda uni­versal principalmente en la insuficiencia de las pa­labras para expresar la sutileza del pensamiento y en su consiguiente equivocidad.
Cambiar de lenguaje —se ha dicho— es cambiar de alma. Porque las palabras no son sólo vehículos para la expresión de realidades concretas o de ideas, sino que poseen un poder de reactivo sobre el espí­ritu, no ya en su mismo significado, a veces com­plejo y matizado, sino en la carga emocional que conllevan. Es la noción de idea-fuerza, ampliamente desarrollada por Alfredo Fouillée en su libro «Liber­tad y determinismo». De aquí que la filosofía me­dieval cristiana se esforzase sobre todo en la crea­ción de un sistema de pensamiento o un orden de las ideas, el riguroso método escolástico. De aquí también que la modernidad, con el predominio del ensayismo asistemático, se haya mostrado pródiga en libros y doctrinas construidos enteramente sobre una palabra o un término, al que se ha dotado pre­viamente de dimensiones, sentido y resonancias uni­versales.
La lingüística contemporánea —la lingüística es­tructural sobre todo, desde Jacobson hasta Chomsky— no ha podido por menos de recaer sobre este tema por la vía del análisis semántico. Ese poder de preformación mental que posee el lenguaje ha sido destacado hasta su límite por la escuela estructura-lista actual. La observación es de Juan Milet: «Diría­se que el sujeto, al utilizar una palabra, sufre una especie de fascinación ante ella: la absorbe pasiva­mente y recibe sin poder evitarlo los efectos psico­lógicos de la significación que le entrega. Su acción sobre el subconsciente es directa, profunda y estimulante. La palabra introduce por su sólo empleo es­quemas de pensamiento que el sujeto adopta aun sin darse cuenta.»
Es ya antiguo en la filosofía europea el intento de estudiar el pensamiento mediante su descompo­sición en elementos simples, y uno de los caminos de este análisis lo ha brindado siempre el lenguaje en sus elementos patentes: términos, palabras, fo­nemas, etc. Se trata en estos intentos de aplicar al mundo del espíritu el mismo método del que se va­len con éxito las ciencias físico-matemáticas para estudiar el mundo material: buscar por análisis un primer elemento incambiable, homogéneo —la mo­lécula, el átomo...— para hallar después las leyes matemáticas por las que esos elementos primigenios se componen o separan. Ya el empirismo de Locke pretendía encontrar esa especie de átomos del pensamiento en las sensaciones simples, y el asociacionismo psicológico perseguiría después la construc­ción de una dinámica atomística del proceso mental.
Dentro de esta misma escuela, fue Condillac quien primeramente pensó que esa búsqueda venía dada por el lenguaje, expresión del pensamiento. Desde él hasta la lingüística filosófica de Wittgestein, pa­sando por Maine de Biran y por la psicología cuantificada, se han realizado todos los intentos imagina­bles de ideología, es decir, de captación del pensa­miento en sus unidades últimas. Fue Bergson quien mostró la inanidad última de tales esfuerzos. La consciencia no contiene unidades porque es pura evo­lución cualitativa: todos sus momentos son origina­les y forman, por acumulación y por huella, la irrepetibilidad de cada sujeto pensante.
En nuestra época ha sido el filósofo Martín Heidegger quien ha restituido al misterioso tema del lenguaje su profundidad ontológica como Logos en­volvente del espíritu humano, y aun en su sentido religioso como Verbo iluminando toda inteligencia. «¿En qué consiste —se pregunta Heidegger— ese último monólogo, esa suprema soledad —mundo sin voz pero con palabras—, en que consiste el pensa­miento íntimo, en el que el habla de los mortales abraza su propia esencia?» Para responderse: «Cier­tamente, en nada humano, a pesar de que en su seno el hombre se asoma como el ser que habla y escucha». «El lenguaje —concluye— es el medio original en cuyo interior sólo al hombre es posible corres­ponder al ser, a su interpelación y a su mensaje. El pensamiento es precisamente este corresponder a la llamada del ser» (Die Technik und die Kehre, 1962).
Quizá hoy más que nunca sea el hombre cons­ciente de la influencia del lenguaje sobre el pensa­miento y la personalidad, pero también más permea­ble a su influencia psicológica y en mayor grado víc­tima de ella. Es ese conocimiento precisamente la condición y el acicate para su empleo más a fondo, en mayor medida tecnificado. Aceptar un término para su empleo habitual es aceptar una idea, por más que el sujeto la rechace inicialmente en su pla­no intelectivo. La utilización de un código expresi­vo —un lenguaje— es ya de por sí abrirse a toda la carga de sentido y actitud que encierra como pro­ducto cultural. Las palabras adquieren en su seno un sentido que no tendrían aisladamente o en otro contexto mental. Pensemos, por ejemplo, en la pa­labra virtud y su derivado virtuoso. Es probable que su definición no haya cambiado para el diccionario respecto a lo que significó en la antigüedad y hasta años no lejanos. Para los antiguos estoicos, virtud era un término luminoso: adquirir la virtud era el término de la sabiduría y el objetivo último de la vida humana. En nuestra época debo decir que nun­ca oí emplear esa palabra más que un sentido iró­nico o jocoso. Llamar hoy a un hombre virtuoso (moralmente) es colmarle de ridículo. Cuando una palabra —o incluso una locución verbal— «se pone de moda» en el lenguaje habitual, lo hace general­mente con un sentido diferente o con unas implica­ciones nuevas.
La utilización metódica del lenguaje como medio de manipulación mental ha correspondido —y corresponde— al marxismo. En parte por una necesidad expresiva de la propia mentalidad dialéctica del hegelianismo marxista, que no se aviene con el len­guaje ordinario basado en el principio identitario del ser. El mismo sistema trasmuta los términos para su adecuada expresión, y el posterior empleo de ese lenguaje inunda de ambigüedades al lenguaje con un sentido proclive a su dialectización.
Pocas personas saben que Stalin se interesó viva­mente por la lingüística, y aun llegó a ser lingüista destacado. Y no por una afición marginal, sino por el propio genio de la revolución. Esta vía de influen­cia mental es tan real y profunda, que ha podido de­cirse que quien posea el arte de manejar las pala­bras poseerá la de manejar los espíritu. Su influen­cia será cada vez mayor a medida que las generacio­nes nazcan ya en el seno de un lenguaje manipulado y «dialectizado». Las mutaciones semánticas dirigidas han hecho posible que, sin cambiar aparentemente de idioma, sea hoy posible hablar de un lenguaje marxista». Quien, por ejemplo, dice o escribe: «el proceso actual de concienciación determinará, tras una crisis de crecimiento, reformas estructurales de carácter irreversible y altamente positivo», emplea palabras con sentido y connotaciones distintos a las que tendrían aisladamente o en otro contexto, y está sometiendo su espíritu a una marxistización inconsciente. A menudo no se habla así o de pare­cida manera porque se sea marxista, sino que se llega a profesar el marxismo porque se habla así.
El marxismo actual, contrariando su base mate­rialista, ha llegado a reconocer tácitamente la pree­minencia de la religión para la transformación de las mentes, y ha otorgado prioridad en este método de trasmutación semántica al lenguaje religioso so­bre el lenguaje normal de intencionalidad econó­mico-laboral. Lex orandi, lex credendi, decía una vie­ja sentencia. Según ella, lo que hoy cree un católico ha de diferir por completo de lo que siempre fue objeto de su fe. Porque casi todos los términos que emplean hoy los nuevos teólogos y que comunican por reiteración litúrgica al alto y bajo clero poseen un sentido distinto del que tenían. Piénsese en el sentido «progresista» de las palabras: encarnación, redención (liberación), comunidad, pastoral, eucaris­tía, sacrálización, libertad, pecado, secularización, laicismo, etc.
Se trata para este designio de cambiar las almas mismas, pero a partir de su auténtico cimiento que es la religión; es decir, de trastocar el «lugar de las almas», aquel medio en el que se nutren y vivifican.
Rafael Gambra, "El lenguaje y los mitos", Capítulo 1