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viernes, 11 de abril de 2008

LA CONTROVERSIA DE LOS UNIVERSALES

Ejemplos de universales son el hombre, el triángulo, etc. Estas nociones abstractas se oponen a los particulares, que serían entidades concretas, como Juan, Pedro, éste caballo, aquel triángulo, etc.
El problema de los universales tiene varias vertientes. Por un lado se trata de determinar qué clase de ser es el universal; es decir, ¿tiene forma?, ¿materia?, ¿existe en las cosas concretas que participan de él?, ¿en la mente, en Dios? Pero también se trata de determinar qué relación de significado tiene con las cosas qué significa.
Entre las distintas respuestas que la Edad Media produce destaca el realismo, el cuál entiende que los universales son entidades que existen antes que los particulares que participan de ellas y que son independientes de las mentes que los conocen.
Y así, por ejemplo, el universal “perro” sería una entidad que existiría fuera de la mente del hombre, que es quien conoce a los distintos perros, y hace, de algún modo, que los distintos seres concretos que llamamos “perros” tengan algo en común –el universal o su participación- por lo cuál les denominamos así.
La manera en que ese universal existía podía variar según la teoría realista.
Inicialmente se consideró la tesis ejemplarista, que afirma que el universal está fuera de las cosas que participan de él, como una Idea ejemplar en la mente de Dios. Pero pronto se extendió la tesis denominada realismo exagerado o extremo, que consideraba que el universal existía -de alguna manera a dilucidar y debatir- dentro de las propias cosas concretas, de modo que cuando el ser humano percibía la cosa, su mente captaba el universal, y así, al ser el universal duplicado por el entendimiento humano, podía el ser humano conocerlo.
Una forma distinta de la realista de entender la existencia del universal es el realismo moderado de Tomás de Aquino.
Para Tomás las cosas son un compuesto de materia y forma al que denomina esencia. Al percibir un objeto el entendimiento desvela la esencia concreta del ser percibido, y a partir de esa esencia concreta el entendimiento crea el universal, que vendría a ser la esencia común de la clase de seres que ha percibido, y lo hace abstrayendo lo que de común hay en la esencia concreta del ser percibido.
Por tanto, no se puede decir que el universal abstraído esté en la cosa, ya que en la cosa estará la forma, y también, de algún modo, la esencia concreta de la cosa, pero no el universal, que es una esencia común y que produce el entendimiento. Y así, el universal es una creación de la mente pero con fundamento en las cosas.
Ya que, para que el entendimiento forme lo que hay de común en las cosas –el universal- parte de las cosas que ve que están a su vez “construidas” con formas distintas, aunque la forma no sea el universal.
Un tipo de respuesta diferente, antirrealista, considerará que el universal era un producto exclusivo de la mente humana, sin existencia alguna fuera de ella.
Entre estas teorías se encuentra el conceptualismo y el nominalismo, del que Ockham será iniciador.
El conceptualismo, mantenido por Pedro Abelardo, considera que el universal es una creación de la mente humana con valor lógico.
La mente crea conceptos que tienen un valor universal; es decir, un valor que los hace capaces de ser aplicados al conjunto de individuos al que se refieren, y por lo que se denominan “universales”.
La mente humana no se inventa los universales antes de tener experiencia con las cosas. Sin embargo, las cosas que percibe no tienen en sí nada que guíe al entendimiento en su labor de producir el universal.
Como por ejemplo ocurre con el concepto de “docena”, que no procede de algo que tengan en sí las cosas y que la mente humana sea capaz de abstraer, sino que es un invento arbitrario de ésta que posteriormente utiliza para hacer clasificaciones en las cosas.
Lo característico de esta posición es considerar que la mente humana es capaz de crear conceptos que, posteriormente, tendrán validez –validez lógica- para todos los seres que se incluyen dentro de ese universal, y a partir de la cuál puede construirse la ciencia.
Por su parte, Ockham establece a través del nominalismo que siendo cierto, como afirma el conceptualismo, que el universal no existe más que en la mente humana, ocurre que éste ni siquiera es un concepto con valor lógico.
De ser un concepto con valor lógico podríamos, a su través, predecir y caracterizar definitivamente cómo son las entidades concretas conceptualizadas por el universal.
Por ejemplo, si tenemos el concepto de gato, y dentro de él se incluye entre otras propiedades que los gatos son mamíferos, entonces, dado un gato cualquiera, podemos predecir por el valor lógico del universal que tendrá que ser mamífero. Pero Ockham señala que esto no es cierto, que la lógica de los conceptos no pueden imponerse a la realidad, y que aunque en nuestra lógica tal relación tiene que darse es necesario ir a la experiencia, porque sólo ésta puede decir qué existe y que no, y por tanto podrá decir si esa relación se cumple en cada caso de gato o no lo hace; es decir, no es el universal el que dice como tiene que ser el mundo, sino el mundo el que dice cómo tiene que significar el universal.
El nominalismo de Ockham considera que el universal no es un concepto en el sentido dicho por el conceptualismo, sino sólo un término, un golpe de voz -flatus vocis- sin más valor que significar un conjunto arbitrario de individuos.
Tanto a conceptualistas como a nominalistas se les ha señalado críticamente la dificultad de explicar cómo hace la mente para agrupar los individuos semejantes para poder formar el universal. El problema está en que si la mente agrupa los individuos porque éstos tienen propiedades semejantes, entonces ya existiría una semejanza en las cosas que sería, justamente, el universal.
La teoría ockhamista del significado. Tanto las oraciones del lenguaje, como la propia ciencia, utilizan los universales en su confección. Sin embargo, si los universales son una construcción arbitraria, ¿qué significan en las proposiciones? Para responder a esa pregunta Ockham establece su teoría del significado.
La términos, piensa Ockham, puede tener varios significados. Por “significado” se entiende “estar en lugar de algo”.
Por ejemplo, en “Juan llama a la puerta de la clase”, “Juan” estaría por la persona concreta que así se llama, “llamar” sería la acción concreta que esa persona hizo, es decir golpear con los nudillos la puerta de la clase, y “puerta de la clase” estaría por el objeto físico y concreto correspondiente.
Es decir, el término está puesto en lugar del objeto, o conjunto de objetos, a los que representa, y puede significarlos –estar en lugar de ellos- de tres modos distintos..
El primero es el significado material, que ocurre cuando el término está en lugar de sí mismo, se pone por sí mismo.
Como por ejemplo en la proposición “el hombre es una palabra bisílaba”, donde “hombre” no significa más que la propia palabra, ya que no se dice ahí que ningún ser humano sea “bisílabo”, sino que lo es la palabra.
La significación personal ocurre cuando el término está en lugar de las cosas a las que se refiere, se pone por las cosas significadas.
Por ejemplo en “el hombre corre”, dicho en referencia a una persona concreta que corre, el término “hombre” no supone la palabra, ya que la palabra no corre, sino que supone –se pone- por un hombre determinado que es el que corre.
Y por último se encuentra la significación simple, en la que el término se refiere a un conjunto de individuos, y se pone por algo que todos tienen en común.
Como cuando se dice “el hombre es especie”, o “el hombre es animal”, donde “hombre” está por aquello de común presentan todos y cada uno de los hombres.
Ahora bien, ¿cómo puede un término ponerse por una pluralidad de individuos cuando los individuos no tienen en la realidad nada en común que los agrupe?
Para responder a esta cuestión Ockham explica que los objetos pueden ser percibidos de forma confusa; percibimos confusamente cuando no podemos distinguir el singular de que se trata.
Por ejemplo cuando, en la distancia, vemos que se acerca una persona pero no somos capaces de reconocer de qué persona se trata.
En esas circunstancias podríamos decir que percibimos una persona, y “persona” significaría –se pone por- un ser humano confusamente conocido.
Y de esta manera pasa con los universales. Sólo existen realidades concretas, pero éstas pueden ser confusamente conocidas, y es en esa confusión que aparece el universal. Éste vale para muchos individuos en tanto que no podemos precisar qué individuo es, aunque podamos precisar muchos individuos que no son.
No podemos saber si quien viene es Pedro, o Juan, pero sabemos que no es una jirafa, una vaca, o un florero.
Y de esta manera el significado simple de los términos –el universal- viene a ser algo común que tienen los individuos al ser confusamente conocidos.
No es algo común que tengan en la realidad los individuos, sino algo común que aparece debido a la percepción confusa del singular.

LOS UNIVERSALES

El nombre "universal" se refiere, por una parte, a un sustrato de uniformidad (uni-versus) existente en cosas en parte iguales y en parte diferentes, por virtud del cual, estas cosas pueden representarse por una idea única que se aplica a todas en la misma forma; y por la otra, a la idea única aplicable a todo un grupo de cosas semejantes (unum versus alia).
Definición. Los universales son aquellas ideas que, mientras excluyen lo que constituye la diferencia de los individuos concretos de la misma especie, representan lo que es necesario para su constitución, lo esencial y, por lo tanto, lo común a todas, que permanece fijo en todas las vicisitudes (universalia post rem, in re: universales antes de la cosa, en la cosa). Así la idea universal de hombre, conserva lo esencial de esa naturaleza pero abstrae de las características individuales de los diferentes hombres existentes, su altura, color, etc..
Los universales son simplemente una expresión de aquellas ideas divinas que se relacionan con lo universal (universalia ante rem: universales antes de la cosa). Las ideas universales son opuestas a las impresiones de los sentidos, que representan aquello que es simplemente individual y contingente en un fenómeno concreto, y, por lo tanto, aquello que cambia con las circunstancias en las cosas corpóreas de una misma clase.
División. En la medida en que la naturaleza de una cosa es el objeto de un acto de percepción directo, no implica relación con los individuos, sino que se reconoce en sí mismo sólo de acuerdo con sus partes esenciales. Sin embargo, cuando el intelecto se ha representado la forma esencial de una cosa (ya sea su sustancia o un accidente), puede, por reflejo, hacer esta representación de la esencia del objeto de su percepción. Puede aplicar la idea a varios individuos de la misma clase, puede compararla con otras ideas y determinar así las relaciones y diferencias. Por consiguiente, el universale directum aparece como un embrión, que se desarrolla, se va organizando cada vez con más claridad y se va perfeccionando cada vez más, por reflejo y por varias operaciones lógicas. Es sólo otra forma de la idea imperfecta que se formó un entomólogo cuando, de niño, vio por primera vez una hormiga, hasta la idea perfecta del animal que ahora posee como resultado de sus investigaciones y estudios. El medio para llegar a una idea perfecta y a una definición exacta es la clara distinción entre las partes de una cosa, que se captan directamente, aunque de cierta forma oscura, a través de la percepción.
Hay que anotar aquí que nuestro intelecto procede de ideas más generales, y por lo tanto menos precisas, a lo menos general y más preciso. En el reconocimiento directo de un ser corpóreo, capta primero su realidad, la idea de estar siendo. Ésta es la más universal de todas las ideas pero no es una idea universal unívoca dado que el ser, o el estar siendo, pertenece a cosas diferentes en formas diferentes y, por consiguiente, no puede predicarse de forma unívoca en relación con todas ellas. Mientras los sentidos van captando lo que es individual en la cosa concreta, el intelecto avanza más allá hacia la esencia o la naturaleza de la cosa y capta en especial aquello que es más universal, su independencia, y se forma la idea de sustancia. Simultáneamente, sopesa y nota los modos de ser relacionados y presentados por la sustancia (los accidentes), que, en la cosa individual, son el objeto de los sentidos. Entre tanto, no se le escapa al intelecto el hecho de que la calidad y la cantidad son posesiones de la sustancia, pero que a su vez determinan, y estas determinanciones o concreciones de la susbstancia bajo estos aspectos son totalmente diferente de la actio (acción) y passio (pasión), que lo hacen, de nuevo, en una forma totalmente diferente del ubi (dónde) y el quando (cuándo), y que la relación se encuentra en el límite extremo de su ser accidental. En otras palabras, capta las distintas modalidades de ser de los accidentes ya mencionados en la primera sustancia. La idea de la sustancia y las ideas de los accidentes individuales antes mencionados son las ideas más universales o categorías.
Resumen. Según su origen en un acto directo de percepción de la realidad extramental o en la reflexión sobre las ideas ya concebidas en el intelecto, los universales se dividen en universales directos y reflejos.
El universal directo, renunciando, como lo hace, al aspecto de la realidad del ser percibido en la naturaleza, es metafísico. En él radica sólo la posibilidad de ser aplicado a muchas cosas, pero no se reconoce en él la relación de universalidad. Por consiguiente, se conoce también como la “universal material”.
El universal reflejo incluye la relación con los individuos y se conoce, por lo tanto, como el universale logicum, o como el “universal formal”, dado que se reconoce como un universal. El universale directum se divide en diez categorías puesto que éstas representan los diversos modos de ser de los seres en la realidad.
Reconocidos, por reflejo, como las ideas o universales más generales, las categorías se incluyen bajo el universale logicum, que se divide en los cinco predicables: género, especie, diferencia específica, proprium y accidente lógico.
La Importancia del Problema de las Universales. En términos generales, la ciencia, en la medida en que constituye el conocimiento de lo necesario y permanente tomado de la naturaleza de las cosas, resulta imposible sin el reconocimiento de los universales. Sin dicho reconocimiento, se degrada a la descripción de impresiones individuales sucesivas. En la física y la química, la constancia de las leyes de la naturaleza depende de la constancia de la naturaleza de las cosas. En la psicología, la existencia de los universales ha llevado al reconocimiento del intelecto como una facultad fundamentalmente diferente de los sentidos. Sin los universales, la ética y la estética estarían también sometidas a un relativismo no gobernado por principios y, por consiguiente, a la aniquilación. Sin los universales, el impresionismo en el arte y la autonomía individual en la vida deberían ser la regla absoluta. A estas tendencias corresponde, en la religión, la validez exclusiva de las experiencias religiosas, la creencia en el contenido cambiante de los dogmas, y el total desplazamiento del pensamiento dogmático por la modalidad del pensamiento histórico. Una historia de la controversia referente a los universales y su relación con la existencia es una presentación de las diferencias más fundamentales de todos los sistemas filosóficos: revela que la desviación del realismo moderado aristotélico tomístico lleva, por una parte, a través del conceptualismo y el nominalismo, al escepticismo y al agnosticismo, o a un empiricismo y un materialismo estériles, y, por otra parte, a través de un extremo pseudos-realismo, a un idealismo y a un panteísmo falsos.